domingo, 11 de octubre de 2009

I.-

Fue una tranquila mañana, como tantas otras, de esas que no apasionan a nadie, las que le quitan el sentido a la vida, si es que alguna vez lo tuvo, esas que no llenan de emoción a nadie, si es que alguien puede decir que alguna vez realmente ha sentido una emoción. El ir y venir de automóviles, de personas, de pensamientos que ya nunca más volverán, el viento y ese camión, cómo olvidarlo, el maldito camión que le dio un vuelco completo a mi vida, para qué ocultarlo, el mismo camión que terminó con ella, al fin y al cabo, no creo que diera para más.

Qué tal, me apestan las presentaciones, las encuentro un poco cínicas, ya que cuando la empatía nace entre las personas ya no hace flat ni saludarlas ni despedirse de ellas, siempre están, sobretodo las chicas que a uno le gustan, esas que nos impiden dormir y que no nos dejan tranquilo ni un instante del día, sobretodo en esos momentos en que uno se ríe sin motivo aparente, es la sonrisa de ellas actuando dentro de nuestros cerebros, es lo que nos permite seguir. Mi nombre no importa mucho en realidad, quizá esto les agrade más a los estúpidos lectores que buscan algo de acción en los libros, puesto que sus vidas están encerradas entre cuatro paredes y no les permite abrir las fronteras de lo desconocido en lo que leen, sí, a ustedes les digo, sexo brutal y odio extremo también se puede encontrar en lo que leen, en realidad exagero, pero la vida está saturada de emociones un poco desplazadas por la humanidad, inclusive, de muchas otras que ya han sido olvidadas; Me llaman el ángel sanguinario (suena mejor Bloody Angel, pero como no escribo en inglés, así debería quedar), es un poco desconcertante si no has oído el resto de la historia, no obstante logra representar mi ser en su totalidad, y es así como quiero que recuerden mi apariencia, como alguien marcado por el adjetivo de la vida, como alguien que no decidió ser quien todos dicen que es, no, yo soy mucho más que eso, realmente soy yo.

Era esa mañana, en que yo caminaba por la desolada Ahumada, pero no fue hasta que doblaba la esquina de ésta y centraba fijamente mi mirada en el centro de la Alameda, en una niña hermosa, de no más de cinco años, apaciblemente llorando, inspirada y ensimismada en pensamientos que nadie podría describir, tan solo llorando. El camión, maldito camión que me obligo a actuar, como ya lo sabrán, en esos instantes nada se puede pensar, fue tan veloz el momento, el enorme vehículo, la niña y yo corriendo tan vehemente que mi corazón comenzó a reaccionar por primera vez en mi corta existencia y, luego, yo incrustado en un parachoques, la pequeña a salvo unos cuantos metros más allá, unos gritos de alguna gente por esos lugares a tan tempranas horas de la mañana, y un ruido que rompía mis tímpanos, razón interesante, ya que en esos momentos era todo mi cuerpo el que se destruía poco a poco avanzaba el gigante, unos metros más al centro, mi vida se terminaba con el cesar de un motor sediento venganza, refulgente de ira, de odio y placer.

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