
Hoy, numerosos y delicados pájaros, de colores café intenso, azul etéreo, amarillos auténticos y corazones sinceros, han dejado, ahora, de cantar. Así, simplemente, sin mediar palabra alguna, ni con nuestro Señor, ni siquiera con la vida misma, ni con nosotros mismos, sus auditores fervientes, cesaron ya de trabajar por la humanidad, por la libertad de ellos mismos, de nuestros autores.
Quién sabe, quizá, era demasiado bajo su misero salario; quizá, sus cuerdas vocales no podían más- ¿tendrán las aves cuerdas vocales?-, quizá, es que ya no nos quieren en su ciudad; quizá, ya no seamos sus más fieles oidores o, tal vez, se han marchado, más terrible, muerto, y ya nunca en paz, volverán a cantar.
Podemos, con nuestras cuerdas hablantes, imitar su sonido, realizar su tarea, y divertir a nuestros humanos, por tan solo un segundo para la eternidad. Lo más probable es que no, puesto que aquellos aparatos, que tenemos los humanos , sirven solo para destruir pos sí mismos, para atentar contra nuestra honra, contra la humanidad, contra nuestros hermanos, otorgándoles la mentira, enseñándoles la falsedad y obligándolos a ocultar, inclinadlos a la maldad; Para ellos, eran otra cosa, las utilizaban para decir la verdad, elevarla, avistarla, aclararla; para gritar de alegría cantaban, para llorar sin tapujos, cantaban, para enseñarnos el mundo, cantaban y, de alguna manera, para recordarnos que, con cada una de nuestras palabras arrojadas a la tormenta de la levedad , podemos entregar el esmero, el amor, tan similar al de los cánticos que otorgaban tales criatura, muy temprano en la madrugada, para deleitar; pero no, éstos seres se han aburrido de ensalzar nuestras almas con acordes melodías de lejano proceder, nos repugnan, nos abandonan, nos queda llorar.
¿Qué habremos hecho nosotros para tan extraño acontecer?
Lejana pregunta a mis oídos, soy un ser humano, me cuesta aceptar mis propias faltas, me cuesta admitir que he cometido un error, reconocer mis culpas y pedir perdón (perdón a los hombres, seres que realmente merecen nuestro respeto, siempre están cerca, podemos palparlos, sentirlos, creerles); No siempre fue así, creo yo, algunas vez pudo ser diferente, de todas formas, si nos ponemos a pensar, hubo un momento en que aves por doquier nos otorgaban sus cantos, con hermosas tonadas de cálida y dulce pasión terrenal. Es tan simple reconocer las faltas de nosotros, los caminantes de la esfera enterrada; no es necesario violentarse, mejor está, el querer responder, para luego solucionar.
El ser humano sufre, demasiado, tan grande es el dolor y el deterioro interno, que ya ni recuerda que los pajarillos han cesado en su cantar, han olvidado sus palabras; Es tanta la disensión interna, es tanto el acumular llantos, acumular tristezas, odios, alegrías, frenesí, verdades, encerrarnos herméticamente en nosotros mismos, cayendo en individualidades que rozan el frío borde de la esquizofrenia, de la paranoia, que ya tampoco somos capaces de escucharnos a nosotros mismos, nuestro yo está tan saturado en imágenes, internas, externas, imaginarias, perpetuas, que ya no sabemos ni lo que queremos, ya no sabemos ni lo que sentimos, pensamos, peor aún, ya nadie sabe lo que está haciendo ni lo que está sucediendo en este mundo marchito de hoy en día, qué lástima, nuestra sinfonía mayor se nos ha ido acabando.
¡Qué lástima mis olvidados amigos sonoros!, la vida mis os ha teñido de bruma infernal y miseria, quizá, algún día, volvamos a verle en los rincones de los edificios, en las cimas de las montañas, en las despiertas plazas de la mañana, en dormitorios de infantes ingenuos que claman por sus primeras oportunidades; En el corazón de las muchachas enamoradas, de los hombres ilusionados, de la muerte y del infinito. Allá los esperaremos, nosotros los que las recordamos, nosotros que las amamos, no se pierdan nunca en vuestra absurda fe, nos vemos pronto, saludos sinceros, una abrazo fuerte para las inesperadas santas.




