Solo, melancólico, aprisionado dentro de sus propios pensamientos, perturbado y el hombre caminaba.
El pequeño hombre caminaba sinsentido por las calles de la ciudad, de noche y con el frío penetrante que no perdona ni al más mínimo intento de Dios por encender las almas, caminaba, nada más podía hacer.
De pronto levanta la vista, reacciona y comienza a correr, algo lo persigue, no sabe lo qué es, pero lo presiente, de todas formas su alma lo puede ver.
Lo ha buscado por todos los días de su vida, desde que salió del vientre materno que lo perseguía, desde que ingreso a la escuela que el hombre lo sentía, junto a su familia, amigos, parejas, amantes, consigo mismo, siempre, siempre persiguiéndolo, sin darle tiempo para respirar, para disfrutar un momento de su vida.
Corre el hombre, tras de sí la muerte, corre el hombre, tras de sí la vida, corre el hombre, el hombre corre y no descansa.
Huye de lo malo, pues no le interesa la vida, no le interesa la suerte, solo disfruta del goce, del placer que lo envuelve cuando mueve las piernas, cuando no se detiene, cuando deja que nada lo alcance y llega a su destino, donde los caminos se bifurcan, donde los universos se unen, donde no hay nada, sino que está todo, hay vida, hay muerte, hay dolor, hay fuego, hay alegría, hay pasado, y a pesar de lo habido y por haber, nada lo alcanza, y el hombre…
Sigue su camino, corriendo por las calles, por las montañas, por sobre los ríos, entre medio del viento, soberana la tierra que me deja caminarla y llegar a donde debo, a donde me fue indicado y el espejo, que refleja al camino es por donde el hombre atraviesa, por donde yo me introduzco, por donde nuestras vidas conectan.
Despierto asustado, despierto angustiado, todo fue un sueño, todo fue un maldito sueño y yo no me voy a perder, yo llegaré a ese destino, que no es sino la muerte misma, de la que el hombre escapa, escapo.
Me levanto y no hay mucho que hacer, puesto que para cuando percibo mi mundo, ya estoy dentro de mi Liceo, esperando la hora, esperando la salida, siempre esperando, nunca huyendo, sólo quedándome. Salgo Liceo, me divierto con mis amigos, junto a ellos nada puede afectarme, nada puede detenerme, somos invencibles y nuestro caminar es hacia el Sol, hacia la reina Luz.
Noto algo extraño, hoy no es un día como tantos otros, aún no he salido del establecimiento, fue solo una ilusión, o es que ya todo pasa sin que yo me de cuenta, la vida se nos va en cada suspiro, suspiros de emociones pasadas, de momentos presentes, el hombre que huye y que no se deja sentir, el hombre que se queda y se olvida de vivir.
Camino por los pasillos y me pregunto si realmente están todos viviendo este momento o están ya todos alejados de la vida que nos reúne a todos en el mismo curso, en el perfecto movimiento universal y me pierdo y doy vueltas y camino y me detengo y observo y sigo.
Un ruido en mi espalda me hace sobreponerme a la situación, a estar más atento; un segundo ruido me impulsa a correr, a moverme como nunca en mi vida antes lo había hecho, a ser yo misma por primera vez en mi vida, a nunca más detenerme.
Corro y los pasillos se bifurcan, los caminos se hacen más curvos, más rectos, más sí mismos, se dejan llevar por su querer ser, me impiden dejarme ser por ellos.
Corro y me asusto, no me detengo, y me encuentro con el espejo que refleja la vida, que refleja lo poco y nada que le permití disfrutar, todo lo que reprimí, las palabras gastadas, las acciones no terminadas, sentimientos profundos lanzados al basurero del olvido, cosas que deje ir y recuerdo la pesadilla de aquel hombre, en estos momentos, más bien, refleja el paraíso de un sueño perdido, toco el espejo y alcanzo la muerte, toco el espejo y acabo con mi mente, todo se ha ido, nada nunca ha existido, fue tan sólo una ilusión.
En ese preciso instante un hombre desesperado alcanza la mano de su mujer, no te preocupes le dice ella, todo fue un mal sueño, el recuerdo de ese joven ya se alejará.
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